Nouvelle Vague, de Richard Linklater. Un pasado que se proyecta hacia el futuro
Por Carla Leonardi.
En el comienzo, el cono de luz lechosa que se dirige a la pantalla cifra la proyección de la novedad por venir. Se nos presenta entonces en las butacas de un micro-cine a Claude Chabrol, François Truffaut, Suzanne Schiffman y Jean-Luc Godard; algunos de los críticos principales de los Cahiers du Cinema.
Estamos en París en 1959 y en una fiesta, un joven Godard da entender que todos los Cahiers ya han realizado sus primeras películas y que él ya está listo para debutar en la dirección con la suya, a la que titulará Sin aliento, con la producción de Georges de Beauregard, cercano al grupo, a quien ha conseguido convencer.
Recreando entonces desde la dirección de arte la Paris de aquellos años, y la manera de filmar de esos tiempos en un blanco y negro de granulado fílmico, el realizador estadounidense Richard Linklater nos sumerge a través de una ficción de backstage, en el making-off de Sin Aliento (A bout de souffle, 1960).
Que Linklater realice una película sobre el movimiento cinematográfico de la nueva ola francesa no es mera casualidad. En su cine, una de cuyas preocupaciones es captar cómo son ciertos personajes en su cotidianidad, en lo que van pensando mientras hablan entre sí y también cómo van cambiando con el paso del tiempo, se palpa la influencia y su deuda para con estos directores.
Si en la primera parte de la película retrata la atmósfera vanguardista de los Cahiers, la redacción, las fiestas post proyección, la recepción que tuvo Los 400 golpes (Truffaut, 1959) en Cannes, el padrinazgo que reciben de Roberto Rossellini, padre del neorrealismo italiano, como suerte de introducción, la segunda, se enfoca en los veintitantos días del rodaje de Sin aliento, para dar cuenta en ese lapso de tiempo (no sin ciertas elipsis temporales) del proceso creativo de Jean-Luc Godard.

Así vemos a un Godard (Guillaume Marbeck) que se maneja en el rodaje de una manera extraña, con un esquema de filmación antes que un guion estructurado, que improvisa, no da importancia a la continuidad de mirada ni de montaje, prefiere que sus actores (Jean Seberg -Zoey Deutch-, una estrella consagrada y Jean-Paul Belmondo -Aubry Dullin-, un actor en ascenso) estén en el tono del personaje para poder improvisar, más que encarnando a un rol estructurado y psicológicamente delineado. No establece tiempos claros de rodaje porque privilegia la inspiración creadora. Por otra parte, en postproducción, apunta al corte dentro de la escena, acelerando el ritmo. Lo que propone Godard es un cine de clima más que de acción; de lo inesperado y lo instantáneo, un cine que piensa al cine mismo como artificio de manera consciente. Se trata de la magia del espíritu de Godard que Linklater consigue hacer pasar y transmitir hermosamente en su película.
Es interesante que al ver en Nouvelle Vague el otro lado de Sin aliento, lo que en ella es denso y trágico, aquí se vuelve puro juego de comedia en las imprevistas ocurrencias con que se construye, en los modos del propio director imitados por los actores, incluso en comedia de slapstick en las caídas que representan la muerte.
Godard no elude la inseguridad del novato, que recibe consejos de directores más experimentados como Jean Pierre Melville o Robert Bresson, ni tampoco el miedo por la recepción que tendrá la radicalidad de su propuesta. Y sin embargo, se mantiene leal a su ética cinematográfica, a su singular manera de ver el mundo. Su cine no evita el temor, el vértigo que implica hacer cine como acto creativo, más que como entretenimiento.
La mirada humanista de Linklater despunta en el retrato que hace en Nouvelle Vague del cine como experiencia de colaboración colectiva. Así, Godard recibe la ayuda de Truffaut en el boceto del guion, se apoya y confía ciegamente en la experiencia de Raúl Coutard con la cámara en mano (nunca mira él mismo por la cámara), y si bien experimenta cierto tironeo con Beauregard como productor, queda claro que su singular expresión del mundo nunca hubiera triunfado por sobre el negocio sino hubiera contado con un productor amigo.
Contra todo pronóstico, y en medio de tanta incertidumbre en el rodaje, Sin aliento significó el despegue actoral de sus protagonistas y terminó resultando una película revolucionaria, que abrió la posibilidad de hacer un cine independiente con bajo presupuesto en escenarios naturales.
Nouvelle vague es claramente un homenaje a ese cine que marcó a Linklater, pero tiene la virtud de no quedarse en la mera nostalgia solemne. Por el contrario, en la época en que ya no hay autores porque predominan los creadores, los productores, las series como franquicias y el avance de la inteligencia artificial, es en el gesto mismo de recuperar y retomar el juego, el vértigo, el disfrute y el amor por el cine (y por ese cine en particular) en su propia ficción, donde Linklater consigue de manera muy hermosa que ese pasado se mantenga vivo en el presente y para el futuro.

Deja un comentario