No tiene un desgarrón, dirigida por Rita Cortese.

Por Carla Leonardi.

Un clásico es aquel que sigue diciéndonos algo en el presente, y Heldenplatz, obra que el dramaturgo austriaco Thomas Bernhard escribió en 1988, pocos meses antes de su muerte, sin dudas, lo es. En ella da cuenta de la vigencia y pregnancia que los discursos de odio, que esgrimía el régimen nazi, continuaban teniendo en la Austria de su tiempo. Pero un clásico no nos habla en el presente per se. Para que no se transforme en letra muerta es necesario reescribirlo, revertirlo, y este es un acierto de Rita Cortese a la hora de dirigirlo, realizar una adaptación, que es con lo que nos encontramos en «No tiene un desgarrón».

La escenografía nos traslada al vestíbulo de un departamento, donde hay cajas y bolsas, mientras que el decorado de atrás, un relieve de sacos negros, evoca el exterminio judío que llevó a cabo el régimen nazi. Se trata de los preparativos del funeral de un intelectual y profesor universitario austriaco (suerte de alter ego del propio Bernhard), que se ha suicidado arrojándose por la ventana, por lo que el departamento está en venta y su señora esposa se trasladará a la casa de campo. Allí conversan Zittel (Julieta Cardinali), su ama de llaves, y Herta (Vera Spinetta), una criada.

Mientras Zittel recupera el traje universitario, que solía usar, y que también llevaba cuando se suicidó, y plancha sus camisas, recuerda al profesor. Zittel evoca entonces su carácter fanático del orden, pero refinado, su superioridad intelectual y su egocentrismo, las recurrentes crisis de la señora cuando escuchaba una y otra vez los gritos de la multitud que ovacionó a Hitler en la plaza a la que hace referencia el título en la obra original, el exilio de ambos en Inglaterra por su condición de judíos, su marcado desencanto y pesimismo para con la realidad que encontró cuando regresó a Austria, que poco había cambiado, así como la feroz crítica social que realizaba a la hipocresía de la sociedad austriaca.

Y poco a poco, vemos cómo Zittel funciona como una especie de médium o presencia a través de la cual se manifiestan los personajes de los que habla y que no están; es aquejada por ruidos en su cabeza como la señora, lanza poderosas invectivas contra la sociedad; el desprecio y el pesimismo del profesor parecen ir adueñándose de ella, mientras que Herta trata de contenerla e insuflarle algún tipo de esperanza. Zittel se va cargando también de una inusitada emotividad, que transmite el afecto que le tenía al profesor, pese a la tiranía que ejercía sobre ella, y que se refleja en ese gesto en el que se abraza al ramo de gladiolos y a la camisa del profesor, mientras habla entre desahuciada y posesa de dolor.

Este desplazamiento de la política como discurso en el centro de la obra, para recuperar la emoción, el cuerpo y la esfera íntima, es el que opera el cambio del título, que hace referencia a la dignidad del acto del profesor, en ese «no tiene un desgarrón» que refiere al estado intacto de su traje, tras el suicidio. Ya no se trata de la plaza como representación de lo fatídico de la política, sino del cuerpo que es capaz de actuar respecto de ella, de estar a la altura de las circunstancias de la época.

El profesor cuestionaba sin piedad esa sociedad apática, cómoda y mediocre que se quejaba permanentemente pero que no hacía nada, y que permitió que el ruido del totalitarismo aplastara la belleza de la música que siempre caracterizó a Austria. A esa sociedad de su tiempo la describía como un conjunto de patéticos actores esperando a un director que los iba a terminar de destruir, según nos cuenta Zittel.

Las decisiones de Rita Cortese y Carolina Santos, como adaptadoras, al construir la obra en un único acto, al reducir el elenco original a la servidumbre, quitando a los amigos académicos y a los familiares del profesor, y al intervenir el texto quitando aspectos innecesarios y modificando el final, resultan acertadas porque permiten renovar la pieza teatral y hacerla más orgánica a la época. La obra transmite entonces una mayor emotividad, al evitar parlamentos extensos e intelectuales, redundantes y cansinos; conserva el espíritu de Bernhard en esas frases repetitivas que dan cuenta de la repetición de ciclos de la historia, permitiendo la resonancia con el presente de nuestro país, tomado por los discursos de odio y por la inmovilidad de los cuerpos, y visibiliza a las mujeres de la clase trabajadora como aquellas de las que podría venir, acaso, un gesto de resistencia y esperanza.

En suma, «No tiene un desgarrón» es una propuesta recomendable que permite acercarse al teatro de Bernhard desde el diálogo con nuestro presente, pero sin perder emotividad, punto en que resulta insoslayable la entregada y precisa interpretación de Julieta Cardinali.

FICHA TÉCNICA.

TEATRO: DUMONT 4040

Dirección: Rita Cortese

Elenco: Julieta Cardinali y Vera Spinetta

Asistente de Dirección: Carolina Santos

Escenografía: Diego Méndez Casariego

Asistente de Escenografía: Ana Agustina Gobbi

Vestuario: Mónica Toschi

Maquillaje y peinado: Valeria Brédice y Ricardo Molina

Iluminación: Ivan Gierasinchuk

Fotografía: Alejandra López

Prensa: Silvana Waisberg – Esedobleve

Diseño Gráfico: Maximiliano Anselmo

Asistentes de producción: Juan Manuel Ferraresi.

Productoras Ejecutivas: Rita Cortese, Julieta Cardinali y Carolina Santos

Adaptación: Rita Cortese y Carolina Santos


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