“J’ ACCUSE”, de Roman Polanski. Lo biográfico, lo cinematográfico y lo histórico. Los limites difusos del acusado.

Por Fabio Albornoz.

Resulta cada vez más complicado escribir sobre extraordinarios artistas como Roman Polanski o Woody Allen, sin ser acusado como defensor de todos aquellos actos aberrantes que son de público conocimiento. Comprendo a quienes son incapaces de separar al artista de la obra, pero resulta necesario hacerlo, sobre todo en el cine, un arte realizado por muchísimos profesionales detrás.

Algunos dirán, ¿cómo separar al artista de la obra, si el cine de Polanski es profundamente autobiográfico? Conocer el pasado de un director impacta directamente sobre la obra, y esto puede producir una suerte de paralelismo o lectura forzosa donde quizás no la hay. Creo que mucho de eso ocurre en la filmografía de Polanski, sobre todo cuando la miramos en retrospectiva.

El repudio por la figura a veces nos gana, y carga las imágenes de otro valor, algo que está ocurriendo (y mucho) con su nuevo film (J’Accuse). Es cierto que la sexualidad articula gran parte de los 23 largometrajes de Polanski, pero forman parte de un universo que ha ido trazando desde su debut en 1962 hasta la actualidad, y no una burla barata de un violador prófugo que planifico fríamente todo desde el comienzo (al menos eso quiero creer), o que luego de las denuncias se puso a filmar de manera abrupta estos tópicos. 

“El cuchillo bajo el agua” (1962).

Todo lo que hace al cine de Polanski ya está en su ópera prima, “El cuchillo bajo el agua” (1962). La tensión sexual, los espacios cerrados, y la figura femenina como objeto de deseo. ¿Esto es razón suficiente para decir que son películas biográficas? Miles de cineastas han forjado sus carreras a través del componente sexual implícito o explicito, y, si bien podrían serlo, eso no convierte a sus películas en un reflejo de sus vivencias personales. Puedo mencionar rápidamente a Alfred Hitchcock, Paul Verhoeven, Lars Von Trier, Gaspar Noé, David Lynch, David Cronenberg, Stanley Kubrick con su “Lolita”y “Ojos bien cerrados”, Bigas Luna, Nagisa Oshima, y un largo etcétera. Es complicado establecer en qué punto se trata de mera ficción, y en cual, de algo personal, lo que nos terminan quedando son interpretaciones. Algo que para los cinéfilos es siempre una gran tentación. Y eso no es solo del cine, si no del arte en general.

¿Edgar Allan Poe esconde detrás de sus personajes los pensamientos propios? ¿Van Gogh oculta su visión sobre la sexualidad y su vida tumultuosa? La única diferencia entre Paul Verhoeven y Roman Polanski, es que el segundo fue encontrado culpable por violación. Ahora bien, supongamos que el día de mañana, uno de todos esos directores es denunciado por violación. ¿Vamos a empezar a ver sus films como anticipaciones de un crimen? En ese punto donde lo personal trastoca inmediatamente los materiales cinematográficos.

Roman Polanski es un gran escritor de personajes femeninos. Desde Jolanta Umecka, pasando por Catherine Deneuve, Francoise Dorléac, Mia Farrow, Faye Dunaway, Isabelle Adjani, Nastassja Kinski, Emmanuelle Seigner y Sigourney Weaver. Todas ellas encarnaron personajes que comienzan siendo frágiles y luego devienen en mujeres absolutamente empoderadas que dominan a los hombres. Algo que los analistas pasan por alto, ya que es mucho más fácil sostener la teoría del objeto del deseo en la trayectoria de Polanski.

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“Tess” (1979)

Tess” (1979), adaptación de la novela de Thomas Hardy publicada en el año 1891 (Tess, la de los d’Urberville) puede que sea, para su carrera, una de las películas más incomodas a los ojos de hoy. La historia es sobre la pérdida de inocencia, e incluye una escena de violación en el bosque. La escena abarca solo unos pocos minutos de sus tres horas de duración, sin embargo, es elemental para entender el arco evolutivo del personaje.

Más allá de las polémicas, las películas de Polanski van mucho más allá de los someros aspectos personales que puedan tener. Son obras plagadas de elementos muy ricos, como para terminar deteniéndonos tanto tiempo allí. 

Opino que el cine prevalece por sobre todas las cosas. Roman Polanski, con 86 años, continúa pisando terrenos inexplorados dentro de su muy versátil carrera. Del 2000 para acá, dirigió siete películas, una sobre el nazismo (“El pianista”), una nueva adaptación de “Oliver Twist”, un thriller político (“El escritor fantasma”), dos apuestas bien teatrales (“La piel de Venus”; “Un Dios salvaje”), un thriller hitchcockiano (“Basada en hechos reales”) y ahora arremete con “J’ accuse” (o su insípido título internacional “El oficial y el espía”), sobre el famoso caso Dreyfus. 

Los films que uno verdaderamente podría catalogar como autobiográficos, o con reminiscencias a su pasado son, “El pianista” y su nueva película, “J’accuse”. Todo lo demás, serán suposiciones e interpretaciones sobre un pasado ya escrito.

“El pianista” (2002)

Sobre “J’ accuse”

Luego de competir (y ganar) en el Festival de Venecia, se despertó la furia de una tonelada de críticos estadounidenses que, bañados en cólera, publicaron textos que describían al film como un escupitajo a las víctimas de violación, y una especie de capricho filmado solo como defensa de las acusaciones que tuvo. 

El oficial y el espía (2019) - Filmaffinity

Polanski es un autor provocador, y sabia más que nadie lo que esta cinta iba a despertar, sobre todo cuando en cada entrevista remarcaba sus lazos con Dreyfus. Cada cosa que venga de Polanski se resignificará al máximo, pero hay una lectura fallida (o adrede) que parece insinuar la inocencia del director en los casos de violación. 

A nivel producción, “J’ accuse” debe ser lo más ambicioso que filmo desde “El escritor fantasma” en 2010. Y su título (potente y provocador) debe su existencia a aquella famosa carta que hizo el extraordinario escritor Émile Zola, en defensa de Alfred Dreyfus, un militar francés injustamente condenado a cadena perpetua y desterrado a la Isla del Diablo, principalmente por ser judío y bajo el falso cargo de espionaje. 

Dreyfus fue un hombre inocente privado de tener una defensa. Roman Polanski no, y jamás negó los cargos de violación. Lo personal pasa por otro lado. No se trata de un proyecto elegido al azar. “J’ accuse” tiene mucho para decir, es un alegato cinematográfico de Polanski sobre el linchamiento mediático, la mercantilización de la tragedia, y el antisemitismo, todos temas que siguen siendo moneda corriente, y que por supuesto, Polanski vivió mucho en su vida (el nazismo, el asesinato de su esposa, los casos de violación, y la relación con los medios). 

“J’ accuse” es un tejido compuesto por lo biográfico, lo histórico y lo cinematográfico. Por un lado, tenemos un caso real, por otro, lo meramente cinematográfico, la puesta en escena, los recursos altamente artificiosos que suponen el hacer cine, y, por último, la ligazón con lo personal. Son tres frentes o, mejor dicho, dos. El real y el ficcional. 

Creo, si mal no recuerdo, era Raoul Walsh (1887-1980) quien decía que había que pensar los films como dos en uno. La primera capa, la de la historia expuesta, y la segunda, otra línea por donde podemos seguir a la película. Una, digamos, más interpretativa. O bien, como dice Badiou, pensar las películas como un amplio horizonte, donde camuflamos otro conflicto más profundo por debajo de la primera historia. 

Eso está en “J’ accuse”. Es la representación de un acontecimiento real, que, a la vez, acarrea el del autor. Pero ese movimiento complejo es el que obliga a pensar bien lo que Polanski tiene para decir. 

Carta de Émile Zola en defensa de A. Dreyfus, dirigida al presidente de Francia Félix Faure y publicada por el diario L’Aurore el 13 de enero de 1898.

Leer críticas objetivas sobre “J’ accuse” es una tarea compleja. Desde aquellos que la tildan como una de las mejores películas de Polanski en años, pasando por los que la destrozan sin piedad (y sin fundamentos muy sólidos) sesgados por el odio que esta figura suscita. Ni una cosa ni la otra. Habrá que poner un paño frío y decir que, aunque tremendamente ambiciosa, se trata del reflejo de un autor que ha ido perdiendo riesgo formal. No hablo de un riesgo temático, si no uno ligado a donde colocar la cámara y como trabajar los espacios (más adelante abordare este tema). 

El film tiene como protagonista no tanto a Dreyfus, si no a Marie-Georges Picquart, el hombre encargado de liderar la unidad de contrainteligencia, que descubre en 1896 la inocencia de Dreyfus, y el encubrimiento de una persona dentro de la milicia francesa. 

“J’ accuse” arranca con un plano general extraordinario. El ejercito esta enfilado. Mediante un lento paneo seguimos la caminata del hombre que será condenado, Dreyfus (Louis Garrel). Le quitan todas sus medallas, y desnudan su traje. Se escuchan insultos de la gente. Entre los observadores, está Picquart (Jean Dujardin), que hace un chiste sobre los judíos. La humillación pública de Dreyfus, y el antisemitismo, se nuclean rápidamente como elementos trascendentales de lo que será el film. Es la escena más potente del largometraje.

Uno podría pensar que Dreyfus tomaría el mando de la narración, pero Roman Polanski lo descarta rápidamente y lo relega a un segundo plano. En la siguiente escena será ya Picquart quien toma el protagonismo. Asciende como líder de la unidad de contrainteligencia, y nos muestra como Dreyfus es desterrado a la Isla. Son dos o tres breves escenas las que expongan su paso por la Isla, no mucho más. 

La narración se apoya en Picquart, que empieza a tener dudas sobre la culpabilidad de Dreyfus. Lo que sigue es toda una cadena de escenas en las cuales se relata el proceso de investigación y la lucha para que Dreyfus tenga un proceso judicial serio.

Como las cartas rotas y pegadas que Picquart encuentra en su oficina (supuestas pruebas de la culpabilidad de Dreyfus), “J’ accuse” presenta una narración absolutamente fragmentada desde los primeros cinco minutos.
El guión de Robert Harris y Roman Polanski es de una complejidad enorme en toda su estructura. La incorporación de los raccontos es constante, con mayor o menor eficacia. Recuperan toda la información que el relato decide omitir al comienzo. Y así se van acumulando capas temporales muy bien hilvanadas por Polanski, al punto de que por momentos nos olvidamos que se tratan de trozos puestos para completar lo narrado. Por otro lado, es muy complejo el trabajo del montajista Hervé de Luze. Arma la estructura como si se tratase de un rompecabezas. La reiteración de los fundidos encadenados para conectar el pasado, a veces no parece fluir demasiado, o hay algo de la repetición que hace que se agote el sistema que Luze establece. Sin embargo, parece ser la forma más clara de entender la cantidad de saltos que la cinta posee. 

Una producción judicial de época, basada en un hecho real, podría dejar el sello de Roman Polanski perdido en el aura de un tele-film de alto presupuesto, pero “J’ accuse” respira los tópicos de su cine. La figura del hombre combatiendo a algo más amplio (el sistema), encerrado entre las paredes de los majestuosos edificios militares de Francia y el lema del “ver y ser visto” que tanto acompaño las películas de Polanski desde “Repulsión” (1965).  

Tal vez todo hubiese adquirido mayor interés si Polanski se decidía a mostrar el paso por la Isla del Diablo. Eso no ocurre, y hay que admitir que se trata de una obra tan elíptica y fría, que cuesta entrar en lo que propone. 

El diseño de producción y todo lo técnico es extraordinario. De eso no hay dudas. Pero ¿Por qué digo que es una obra fría? Roman Polanski apela muy poco a las afecciones. Se trata de personajes casi sin lazos, poco humanizados, y hasta diría alienados. ¿Esto es un error de Polanski? Para nada. El enfoque y la intención son adredes. Tienen que ver con algo más amplio, el representar a la milicia, la prensa, el brazo político y los juicios. Para el director, todo ese universo es gris y oscuro. No hay allí tiempo para lágrimas ni grandes emociones. 

La impecable banda sonora del francés Alexandre Desplat, ratifica musicalmente, y la fotografía de Pawel Edelman lo consolida a nivel visual, con unas composiciones casi pictóricas, entre azuladas y grises. 

Hay una continuidad estética que se ha dado desde el 2002 hasta este punto. Y es que el estilo de Roman Polanski también muto en el tiempo. Pareciera que desde “El pianista”, su universo cinematográfico se ha vuelto decididamente oscuro a nivel visual. La colaboración de Pawel Edelman en todos esos films, parece cobrar un sentido especifico llegado a este punto.

La única luz que parece apropiarse de la pantalla es la de Emmanuelle Seigner (además de fantástica actriz, esposa del director). Pero incluso diría que esta desaprovechada. La subtrama amorosa con Picquart no funciona del todo bien.

El distanciamiento hace complejo conectarse con la historia. Y, retomando una idea anterior, no hay demasiado riesgo formal en la dirección de Polanski. Es una película dirigida con un sistema excesivamente burocrático y académico. Planos, contra planos, seguimiento a los personajes a través de los pasillos, planos generales y poco más.


La cámara se limita a capturar a los actores. No tiene demasiado “vuelo” para conquistar visualmente al espectador que está sumergido en una trama espesa. Es como si Polanski regresara un poco al sistema “teatral” de “La piel de Venus” y “Un Dios salvaje”, aunque con una estructura claramente mucho más jugada y cinematográfica.


La primera mitad de “J’ accuse” es, digamos, menos interesante que la segunda, donde se produce una aproximación mayor al caso de Dreyfus. Aparece en escena el irreconocible Louis Garrel calvo, y bajo kilos de maquillaje. Allí el relato adquiere fuerza, interés y mayor soltura, como si fuera el terreno donde la pelicula finalmente hace pie.

Con aciertos y virtudes, “J’ accuse” debe ser la mejor obra de Roman Polanski desde “El escritor fantasma”, hace 10 años atrás. Se lo ve vital y lúcido, pero llegando a este punto de la vida, cualquier película que estrene puede ser inmediatamente considerada la posible última de su carrera.
Esperemos que al maestro le quede fuerza para regalarnos otra pieza más. Pero, a decir verdad, “J’ accuse” respira como la culminación de una gran obra magna iniciada en 1962.


Roman Polanski firma su alegato cinematográfico contra la prensa y los juicios mediáticos. La vida del acusado esta puesta allí. Un acusado con demasiadas luces y sombras. Un acusado tan extraordinario como perverso, que parece tirar sus espadas y medallas al suelo, desnudándose frente a nosotros, los espectadores. Un acusado que será el alimento de las opiniones, como toda su vida lo fue. Ese acusado, parece poner punto final a lo que tenía para decir, pero eso es algo que solo el tiempo sabrá.

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