«Petropólis», de Mónica Ottino.
Por Carla Leonardi.
En el fondo del escenario, el escritorio que evoca el espacio de quien ha dedicado su vida a la pasión por escribir y pensar su tiempo, dos atriles y sillas adelante (donde se llevará a cabo el dueto entre los personajes principales, que alterna entre el recitado semi-montado y la interpretación dramática) y telas de color verde que evocan el paisaje de Brasil donde tiene lugar la obra. Una puesta austera, pero elocuente.
Estamos en 1941, en Petrópolis, Brasil, la última parada del largo exilio del escritor austriaco Stefan Zweig (Osmar Nuñez) tras pasar por Londres y Nueva York. El exilio, como dice Dante y cita el personaje en la obra “es dejar detrás de ti todo aquello que amas” y esto ha debido hacerlo con mucho pesar el escritor Stefan Zweig debido al ascenso del nazismo en el poder, su expansión por Europa y la persecución hacia los judíos, ya que él lo era en su ascendencia, no en la práctica ortodoxa.
En este contexto, el puntapié de Petrópolis, de Mónica Ottino, versión y dirección de Oscar Barney Finn; es el encuentro que se da allí y que deviene en amistad entre Stefan y la poeta chilena Gabriela Mistral (Luisa Kuliok). Mientras Gabriela intenta que Stefan vea Brasil como un futuro posible, aunque sin idealismo porque es ferviente defensora de la causa de las miserias y del exterminio que sufren los pueblos originarios en su país, e intenta animar su espíritu invitándolo a dar una serie de conferencias por varios países de latinoamérica; tenemos en contraposición a un Zweig apesadumbrado, sin entusiasmo, que se resiste a ser presentado como una víctima, ya que eso lo conecta directamente con su pasado. Se trata de un pasado con el que mantiene una relación conflictiva, ama sus orígenes pero se lamenta de haber sido un intelectual burgués con poca implicación en el horror que se venía gestando y que ocurrió. Y Brasil, que debería aparecer como la ilusión de un futuro, se va oscureciendo para él por la culpa de optar por el exilio y seguir viviendo y también a partir de las noticias que recibe de Europa a través de las cartas, ya sea de los amigos deportados o que murieron.

Entre los dos escritores hablan del proyecto de editar a los autores que ya no están o cuyos libros fueron quemados, de apostar a la permanencia trascendente del arte como resistencia a la destrucción, pero el entusiasmo de Zweig se evapora rápidamente frente a un mundo que ya cree perdido, y ante la incertidumbre del interés que las futuras generaciones puedan tener por los clásicos. Se trata de un pasado que añora pero al que sabe que ya no podrá jamás volver aunque regresase en algún momento a su patria. En este contexto, la noticia del suicidio de su amiga Virginia Woof lo lleva a pergueñar la idea de un suicidio filosófico, motivado por una conciencia lúcida y como un acto razonado.
El flashback reconstruye el inicio de su relación con Lotte (Ligüen Pires) en Londres, su segunda mujer, que en tanto secretaria y amor en el otoño de la vida, apareció como una esperanza para Zweig en medio del caos. Ella es quien motoriza y lo acompaña en los sucesivos viajes de exilio a lo desconocido.
Atenta al aislamiento, la apatía y el ensombrecimiento espiritual inconmovibles de su amigo, se presenta para Mistral el dilema de si intervenir o no en su voluntad suicida, incluso de persuadirlo de dejar a Lotte, rebosante de juventud, fuera de eso. ¿Pero es acaso Lotte una simple joven inocente, seducida y subyugada por los encantos intelectuales del maestro o expresa la decisión de una mujer enamorada que acompaña a su amado en el viaje de la vida, incluso en el viaje final?
El desenlace de final de Zweig y Lotte es harto conocido, por lo que Gabriela Mistral se erige en su último monólogo en la obra como narradora testigo, que homenajea la sensibilidad femenina y la nobleza de espíritu de un escritor y pensador excepcional, que no pudo soportar la pérdida de su lengua materna. Y hay que destacar que Luisa Kuliok lo logra transmitir con la misma ternura conmovedora que al propio personaje le produce la pérdida de su amigo.
Tanto Luisa Kuliok como Osmar Nuñez están a la altura del dueto actoral de corte filosófico que emparienta a esta obra con La última sesión de Freud (Mark St. Germain), mientras que la música en vivo va creando los climas acordes a las escenas, en un arco narrativo que va desde la esperanzada música brasileña del comienzo hasta la dulce letanía del final.
Petrópolis es una obra que invita a reflexionar sobre los horrores de la guerra y del odio al diferente, sobre lo que fuimos y lo que queremos ser en el futuro como humanidad y que señala la importancia y la necesariedad de construir y sostenerse en las ficciones como manera de soportar el malestar en la cultura de nuestro tiempo.
Calificación: Muy buena.

De Monica Ottino
Con Luisa Kuliok, Osmar Núñez y Ligüen Pires
Música en vivo: Rafael Delgado
Diseño de iluminación: Claudio del Bianco
Diseño gráfico: Leandro Correa
Producción ejecutiva: Tomas Heck
Versión y dirección: Oscar Barney Finn
Martes 20 y 27 de agosto, y martes 3 y 10 de septiembre
Todas a las 20 hs.
Localidades: $ 8.000.-
Sistema de venta: Alternativa Teatral
British Arts Center (BAC) Suipacha 1333

Deja un comentario