«Las lágrimas de los animales marinos», de Toto Castiñeiras.
Por Carla Leonardi.
Hay ocasiones en que las ambiciones pueden jugar en contra; y este es el caso de Las lágrimas de los animales marinos, con dramaturgia y dirección de Toto Castiñeiras. La propuesta presenta un importante despliegue escénico y actoral que salta a la vista a poco de comenzar la función.
Un personaje surgido desde la bruma realiza un sentido monólogo sobre la pena, para luego pasar a funcionar como una suerte de narrador que a la vez emula la posición del director, pues va dando indicaciones tanto a los actores protagonistas (el nieto, su amigo y la flaca), como a los secundarios, ese universo variopinto de animales marinos que operan como especie de dobles, los asisten en el vestuario y manipulan las estructuras que irán conformando el espacio escénico. De esta manera, Castiñeiras da cuenta del artificio del dispositivo teatral, pues interpretaciones, vestuario y escenografía se construyen a los ojos del espectador.
La acción trascurre en un departamento en la costa, hacia donde viajaron el nieto (Gonzalo Carmona), su amigo (Gregorio Barrios) y la flaca (Payuca), también amiga del nieto; tras éste recibir la noticia de la muerte de su abuelo (Guillermo Angelelli). La obra se divide en dos partes, el presente, a partir de la llegada de estos personajes para confrontarse con la pérdida, con el dolor, con el amor y el desamor; punto donde el mar se constituye como un mar de lágrimas, cuyo color nunca se puede dar cuenta a lo largo de la obra, a diferencia del cielo, siempre celeste. Y el pasado, que reconstruye la última noche del abuelo junto a su amiga, la vecina (Chacha Alvarado), y luego, en un escapismo solitario hundido en quitapenas, el accidente fatal que lo lleva a su muerte.
Lo que se trama es el desencuentro entre un abuelo que nunca pudo demostrar afecto hacia su nieto, y un nieto que llega hasta la huida del hogar para tratar de afectarlo y que espera en vano los signos de amor. Es una historia de amor y desamor familiar, donde el nieto regresa diez años después cuando su abuelo ya no está para constatar lo irremediable del abismo del malentendido que los separó.
La obra está narrada hibridando entonces el drama intimista con el musical, donde no falta la inspiración clownesca de los orígenes teatrales de Castiñeiras, donde la música va puntuando los climas y movimientos de la fauna marina. Las intenciones son buenas; claramente, pero el problema de la pieza es que resulta por momentos tediosa, debido a la subrayada reiteración del desmontaje del artificio teatral y la temporalidad, y también despareja; ya que todo el derroche de talento que funciona individualmente no consigue amalgamarse en una coherencia narrativa.
El despliegue de contorsionismo danzante y sonoro que acompaña a los personajes resulta un exceso de distracción para el espectador respecto de la acción dramática. Y tampoco consigue entenderse, salvo forzando mucho la simbología, qué es esa cantidad de animales marinos. Nunca se establece en la diégesis un lazo previo o presente entre el abuelo o los personajes con estos bichos marinos. ¿En función de qué están? ¿Son metáfora de lo humano, seres fantasmales, o un mero gusto del director?
La obra no termina de afianzarse ni como drama familiar, musical, o espectáculo circense. No se sabe qué quiere ser, y los animales marinos terminan adquiriendo una suerte de función decorativa y de traslado de los accesorios escénicos más que de funcion dramática.
Incluso tampoco se entiende la decisión del cambio de la voz narrativa, ya que no se traduce en un cambio del punto de vista.
Los puntos altos del material son el monólogo de la pena del abuelo, el monólogo de las lágrimas de La Flaca, los solos de danza en distintos ritmos musicales, la música de Lucio Mantel, la escena del relato del encuentro con el cadáver del abuelo que realiza la vecina, y los momentos de humor en clave de comedia costumbrista entre la vecina y La flaca.
La pena es que habiendo tanto talento y tantos recursos valiosos, el énfasis en la dimensión del artificio y del espectáculo termine deslucido al no estar apoyado en una narrativa más sólida que consiga resonar en el espectador.
Calificación: Regular.

Las lágrimas de los animales marinos tiene diseño sonoro y composición musical de Lucio Mantel, coreografía de Luciana Acuña, asistencia de iluminación de Damián Monzón, asistencia de escenografía de Agustín Justo Yoshimoto, asistencia de vestuario de Villeke, colaboración artística de Leonela Petrizzo. El diseño de iluminación es de Alejandro Le Roux, el de vestuario de Daniela Taiana y el de escenografía de Gonzalo Córdoba Estévez. Puesta en escena y dirección de Toto Castiñeiras.
La obra se presentará desde el 18 de octubre hasta el 15 de diciembre, de jueves a domingo a las 20 h.
Localidades: 6.000 pesos. Descuento a jubilados y estudiantes.
Entradas disponibles en Alternativa Teatral y en la boletería del TNC.
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