El sueño del bosque, de Lourdes Invierno y Javier Rodríguez Cano.

Por Carla Leonardi.

Un clásico es aquel que sigue teniendo algo que decir en el presente, y para mantenerse vivo como tal, es deseable que su puesta se recree y se versione, logrando resonar en nuestro tiempo. Esto es, sin dudas, lo que consiguen Lourdes Invierno y Javier Rodríguez Cano con la dramaturgia de El sueño del bosque, a partir del clásico shakesperiano Hamlet.

El escenario transmite la trastienda de una fábrica de pastas: la harina desparramada en el piso, las luces que evocan el entorno fabril, un pequeño banquito volcado, la luminaria de neón sobre la ventana que es una corona, todo ello en referencia al nombre de la fábrica: El reino. El ambiente se ve claramente desordenado, lo que traduce el estado emocional de la protagonista y anticipa lo que vendrá.

Allí ingresa una joven, al tiempo que la iluminación da cuenta de las luces de colores que se filtran de la fiesta de arriba. Está vestida con un traje de fiesta blanco, una campera deportiva roja con el logo de la fábrica, pero con un aire desaliñado y desencajado. Luego sabremos que se llama Ángela, pero de entrada sentencia que «el mundo está desquiciado y a mí me tocó arreglarlo».

A lo largo del monólogo, que en ciertos momentos rompe la cuarta pared y se dirige al público, Ángela va narrando y recordando, como piezas de un rompecabezas, información sobre su pasado, su familia y los acontecimientos recientes a partir de los cuales se vio empujada a actuar.

La narración es interrumpida varias veces por el parpadeo fantasmagórico de las luces, a las que se dirigirá la protagonista tratando de descifrar quién está allí, y también por el relato de un sueño de repetición, que es el que da título a la obra.



Su padre, Reinaldo, que era el dueño de la fábrica, ha muerto súbita y extrañamente de un ataque al corazón hace un mes. Su primo Horacio ha venido desde Dinamarca para el velatorio (se fue allí para especializarse como trader de criptomonedas); pero, acto seguido, su madre Gertrudis se ha casado con el tío Claudio (lo que explica la fiesta que se lleva a cabo en la planta alta de la fábrica), quien siempre fue el segundo en las sombras de Reinaldo y buscaba maneras de sabotearlo.

La tragedia de Hamlet se hace evidente entonces como diálogo intertextual, y el sueño del bosque, como sueño de repetición, es tanto el retorno del trauma de una muerte que ha sido violenta y para la cual la psiquis de Ángela no estaba preparada, por lo que busca ser simbólicamente tramitada a través del sueño, como el retorno fantasmagórico del muerto que intenta hacer llegar, por medio de él, su mensaje de venganza a la hija.

Si Hamlet es una antitragédia de venganza porque las cavilaciones neuróticas del personaje y su conciencia moral lo hacen procrastinar el acto vengativo, volviéndolo un cobarde, El sueño del bosque sí lo es. Y aquí juega su parte el hecho de que la protagonista sea una mujer, profundamente dolida por la muerte de un padre al que amaba (en clara resonancia con el personaje de Ofelia), que lidia con el día a día a base de pastillas. Perdido el anclaje que tenía en el amor del padre, a diferencia de Hamlet que es un varón sujeto a la angustia del castigo superyoico, Ángela ya no tiene nada que perder y por eso es una mujer dispuesta a todo, que puede llevar a cabo la venganza hasta sus últimas consecuencias, sin temor ni temblor.

Ahora sí puede, entonces, recitar para los espectadores el conmovedor monólogo de «Ser o no ser, esa es la cuestión», pues a diferencia de su infancia, en la que su maestro de teatro se lo impidió, ahora sí puede comprender algunas de sus palabras.

La ambientación del texto en la contemporaneidad de una fábrica resulta interesante y acertada para pensar la época, pues si Reinaldo hacía del estilo de sus pastas una artesanía tradicional y ese era el valor de El reino, Claudio encarna al empresario capitalista que pretende rechazar la tradición e industrializarse vendiendo pastas secas para supermercados. Se trata de la suplantación de la cultura, de la historia, por el capital; del culto al utilitarismo de los bienes y los lazos, algo que es claramente un signo de estos tiempos.

En tiempos aciagos y oscuros, el acto explosivo y solitario puede ser una respuesta frente a la expulsión y exclusión que se generan como efecto del discurso capitalista, cuando las instancias simbólicas de la justicia y del Estado no operan. Como dice Ángela, «el mundo no se arregló», pero ella encontró en lo real del asesinato un alivio a su dolor, acaso una manera de visibilizar las injusticias del mundo o de hacerse un nombre. En contraposición a esto, el teatro sigue siendo una experiencia y una respuesta de lo colectivo, que lee y hace ficción con la realidad para que podamos soportarla.

Lourdes Invierno realiza un hermoso trabajo como actriz, que está a la altura de las circunstancias, muy bien acompañada por el diseño de iluminación que crea el ambiente fantasmagórico de su desvarío. El sueño del bosque es una bella obra que invita a perderse en la ficción para, acaso desde el espejo, poder reencontrarnos en lo común, en lo humano, más que en la envidia, la codicia y el odio.

MUY BUENA

Dramaturgia: Javier Rodríguez Cano y Lourdes Invierno
Actúa: Lourdes Invierno
Diseño de iluminación: Laura Saban
Diseño gráfico: @kraftymaik
Producción audiovisual: Alejandro y Julimar de @valciusph_
Edición de sonidos: Marcelo Wengrovski
Comunicación y prensa: Mutuverría PR
Asistencia técnica: Timoteo Castagna
Producción general: Lourdes Invierno
Dirección y puesta en escena: Javier Rodríguez Cano
Duración: 60 minutos

Cuándo y dónde.

DESDE EL 3 DE JULIO
JUEVES A LAS 20 HORAS

El camarín de las musas – Mario Bravo 960
Entradas $18.000
En venta por Alternativa Teatral


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