LOS DÍAS PERFECTOS, adaptada y dirigida por Daniel Veronese, basada en la novela de Jacobo Bergareche.
Por Carla Leonardi y Manuel Germano.
Sostener el deseo tras muchos años de relación es un desafío que se presenta siempre en las parejas; una temática que la literatura, el cine y el teatro han abordado en reiteradas oportunidades. La originalidad del escritor español Jacobo Bergareche en su novela Los días perfectos (2021) consiste en abordarla desde el género epistolar y la referencia metaliteraria a la correspondencia entre el escritor estadounidense William Faulkner y su amante, Meta Carpenter.

Así, interpelado por esas cartas que encuentra en un centro de documentación, un periodista español, en la víspera de su regreso a Madrid, decide escribirle desde Austin, Texas (donde ha viajado por el encargo de un artículo) a su amante, Camila, que ha decidido interrumpir el vínculo, y a su esposa, Paula, madre de sus tres hijos.
La transposición teatral del dramaturgo argentino Daniel Veronese toma solamente la segunda de las cartas que envía el protagonista y la convierte en un monólogo dirigido a Paula. Se trata de una decisión atendible, ya que trasponer la obra literaria en su totalidad podría hacer que la obra resulte demasiado extensa y dispersar su efecto. También es una decisión que da cuenta de una apropiación del material literario por parte del dramaturgo y director para transformarlo. En esa línea, el personaje de Luis (Leonardo Sbaraglia) es un periodista argentino, y la mención a lugares y temas musicales se adapta a la idiosincrasia local con acierto. No obstante, es válido señalar que se eliminan así los aspectos ambiguos o polémicos del protagonista; eso que Freud llamó la «degradación general de la vida amorosa en el hombre«, es decir, su escisión entre la amante y la esposa, que concierne a la dificultad de amalgamar amor y deseo en el mismo objeto.
En cuanto a la puesta en escena, se destaca un recorte del espacio escénico de la sala María Guerrero para crear la intimidad que requiere la obra. El escaso mobiliario evoca una habitación de hotel (una silla y los papeles de la correspondencia entre Faulkner y Meta) y la pantalla, detrás, proyecta imágenes que dan cuenta del lugar en el que transcurre la acción y, también, las cartas de Faulkner que Luis elige leerle a Paula.
La obra expresa el que acaso sea el último intento de Luis —interpelado e inspirado por la correspondencia entre William y Meta— por relanzar el deseo en el vínculo con su esposa, por recuperar la posibilidad de crear un «día perfecto» junto a ella, por insuflar algo de deseo en el amor y evitar tanto el tedio como el abismo que se cierne sobre ellos, al borde de la nada. La carta que Luis le dirige a Paula funciona como una manera de decir ese tan temido «tenemos que hablar», que evoca al que pronuncia la Nora de Ibsen, reducida a muñeca inerte en su deseo. Y, como una suerte de reverso, nos presenta la inusual posición de un hombre interrogado por el deseo, un hombre en posición de analizante, consciente de que derivar el deseo hacia afuera, hacia otra mujer, no alcanza para resolver el problema del aburrimiento y la soledad en que terminan sumidos los amantes en el matrimonio. La carta de amor apunta, entonces, a tocar algo en la mujer, porque siempre es preferible en un lazo de amor que pase algo a que no pase nada.
Trabajada en el registro de la comedia dramática, Los días perfectos encuentra su agilidad en los momentos de humor que aportan distensión frente a los devaneos intelectuales del protagonista, muy bien sostenidos por la interpretación de Sbaraglia, quien consigue llegar al público tanto a través de la risa como de la reflexión y la emoción. El actor no abandona la escena y, munido de una escenografía superfuncional, se entrega al texto con gran compromiso, dotándolo de los matices que atraviesa en su recorrido. La obra interpela al público porque permite reflexionar sobre esos días anhelados que tanto se disfrutaron, que viven en el pasado o que, en el mejor de los casos, pueden volver a repetirse.
Con pocas funciones en el Teatro Cervantes (la última es el 1/2/2026), la obra es una opción de muy buen teatro en la ciudad que no vale la pena dejar pasar.
MUY BUENA.

De miércoles a domingo a las 21 h
Fecha estreno 09/01/2026
Última función 01/02/2026
ENTRADAS ACÁ
Ficha técnica.
Intérprete Leonardo Sbaraglia
Adaptación y dirección Daniel Veronese
Basada en la novela de Jacobo Bergareche
Producción general Julieta Novarro
Asesoría artística María Figueras y Julieta Novarro
Escenografía y vídeo-proyección Alberto Negrín
Iluminación Ariel Ponce
Producción ejecutiva Chiara Alessi
Musicalización Daniel Veronese
Programación de vídeo Nicolás Matias Marino
Asistencia de dirección TNC Matías López Stordeur, Mónica Quevedo, Vanesa Campanini y Toia Béhèran.
Producción TNC Santiago Carranza

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