La Wagner: cuando la música sagrada se encuentra con el cuerpo profano

Escribe María Onaindia

Pablo Rotemberg no llega a la danza por la danza misma: su formación cruza el cine y la música, y esa mirada interdisciplinaria explica por qué la pieza puede tratar a Wagner como material sonoro antes que como repertorio coreográfico. En una entrevista, el propio coreógrafo definió su concepción del movimiento en oposición directa a los códigos del teatro: le interesa que la actuación surja del cuerpo mismo, de la repetición; cuando el movimiento toma al intérprete y genera un estado propio, “casi de expresión del alma”, y no de una acción ligada a la palabra como sucede en el actor. La Wagner no es, entonces, un homenaje a un compositor, sino la puesta en escena de esa concepción del cuerpo tomado por el movimiento, aplicada al material sonoro más cargado históricamente que podía encontrar.

La sala está a oscuras. Una música de una potencia casi física, no identificable de entrada pero con esa densidad orquestal que remite de inmediato a algo del orden de lo sacro, llena el espacio antes de que haya nada para ver. Después, el humo. Y por una pasarela, cuatro mujeres desnudas avanzan con un andar lento: Ayelén Clavin, Carla Di Grazia, Lucía Cuestas y Carla Rímola, algunas de ellas autoras también de la coreografía junto a Rotemberg. Tienen rodilleras, vendas en los brazos y zapatillas. La desnudez, que en el primer segundo golpea como tal, se diluye casi de inmediato, no porque deje de estar ahí, sino porque el movimiento empieza a tomar fuerza y protagonismo propio: la postura de la diosa con la que arrancan deriva enseguida en una cabalgata desbocada, y ya no importa la desnudez sino la potencia misma del gesto.

La estructura de la pieza se organiza en actos que las propias bailarinas anuncian por micrófono —Parsifal, Sigfrido, La Valquiria, Tristán e Isolda—, como si necesitaran nombrar la fuente antes de que el cuerpo la contradiga con su violencia. Ese gesto de anunciar en voz alta, en lugar de dejar que la música flote como puro clima, tiene algo de distanciamiento deliberado: no hay fusión armoniosa entre lenguajes, como pedía el ideal wagneriano de la obra de arte total, sino un contrapunto expuesto entre la monumentalidad sonora y la crudeza despojada de la escena: cuatro sillas, un micrófono y cuerpos desnudos. La Wagner no ilustra las óperas que nombra, las infecta.

La escena más brutal de la función, que se repite varias veces, pone en el cuerpo la cosificación de la que habla toda la pieza, sin recurrir a metáforas. Cuando termina, hay un pasaje de lo brutal hacia otro registro, casi ajeno, sin que quede claro si eso es resiliencia, disociación o puro desconcierto. Esa ambigüedad, lejos de ser un defecto, es quizás lo más perturbador de la obra.

Wagner no es la única fuente sonora. Por momentos la partitura cede a otros registros: el minimalismo insistente de Phill Niblock o la levedad casi glamorosa de la música de Armando Trovajoli, que funcionan como un respiro irónico, un contrapunto liviano frente al peso wagneriano. Esa alternancia entre lo sublime y lo banal no es un quiebre en la propuesta, sino parte de la misma lógica disociativa que recorre toda la obra: así como el cuerpo no se funde con la música, los registros sonoros tampoco buscan una unidad orgánica, sino un contraste expuesto que refuerza la extrañeza del conjunto.

Nada de esto sería posible sin el trabajo de sus cuatro protagonistas, que son quienes logran transmitir, cuerpo a cuerpo, lo que la pieza busca expresar. No se trata solo del despliegue técnico, el cual es notable en una coreografía tremendamente anaeróbica que no da tregua, sino de algo más exigente: ni por un instante dejan de tener cada músculo a disposición de la obra. Las caídas repetidas, los saltos, el esfuerzo al borde del colapso no le restan nunca tecnicismo ni virtuosismo a la dramatización; al contrario, es en esa exactitud sostenida hasta el límite donde cada movimiento logra transmitir lo que transmite.

En La Wagner queda plasmado el roce entre la música sagrada y el cuerpo profano: una danza que no ilustra a Wagner sino que lo toma como pretexto para exhibir, sin anestesia, lo que un cuerpo puede resistir, ejercer y sobrevivir. La Wagner logra lo que se propone: incomodar, confrontar, dejar una marca. No es una obra para todos, pero es una que no se olvida.

MUY BUENA

Ficha técnico artística

Dramaturgia: Pablo Rotemberg

Intérpretes: Bárbara Alonso, Ayelén Clavin, Lucía Cuesta, Carla Di Grazia, Carla Rímola

Iluminación: Fernando Berreta

Objetos: Mauro Bernardini

Diseño de espacio: Mauro Bernardini

Edición musical: Jorge Grela

Banda de sonido: Jorge Grela, Phill Niblock, Pablo Rotemberg, Armando Trovajoli, Richard Wagner

Sonido: Guillermo Juhasz, Facundo Montoya

Fotografía: Alejandro Carmona, Paola Evelina Gallarato, Juan Antonio Papagni Meca, Hernán Paulos

Asistencia de dirección: Azul Berra, Carla Rímola

Colaboración artística: Martín Churba

Coreografía: Ayelén Clavin, Carla Di Grazia, Josefina Gorostiza, Carla Rímola, Pablo Rotemberg

Dirección: Pablo Rotemberg

ESPACIO CALLEJÓN – Humahuaca 3759, Almagro – CABA

Funciones: Domingos a las 21:00 hs, hasta el 27/09/2026

Duración: 60 minutos

Clasificaciones: Danza, Danza – Teatro, Adultos

Agradecimientos:

Espacio Callejón, Fioreya, Bárbara Alonso, El Portón de Sánchez, Paola Evelina Gallarato, Leonardo Gatto, Lucia Giannoni, Josefina Gorostiza, Guillermo Juhasz, Lucía Llopis, Marina Otero, Natalia Ponso


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