Nido de Lagarto, escrita y dirigida por Franco Verdoia

Escribe Carla Leonardi (IG @carla.leonardi1)

Nido de lagarto: Las paradojas del deseo según pasan los años

El cierre de la trilogía animal del dramaturgo argentino Franco Verdoia retrata con acierto los impasses del deseo y del encuentro entre los sexos, a través de la historia de una pareja de amantes que se dan cita a lo largo de cuarenta años. Verdoia instala así la pregunta por el valor de esas historias de amor que se viven de manera clandestina: ¿Acaso son la versión degradada del amor públicamente comprometido? ¿Son el refugio para el aburrimiento de la vida cotidiana de pareja o la posibilidad de sostener otra versión del amor tradicional? El tratamiento de esta temática, evitando el juicio moral y enfatizando la dimensión poética de la palabra, del amor y de los cuerpos resulta en una puesta sumamente conmovedora.

El diseño escenográfico nos sitúa en la habitación de un hotel alojamiento a la vera de la ruta, donde la cama en el centro de la escena, tapizada por una alfombra de pasto artificial, da cuenta de que se trata de un entorno rural. Allí mantiene sus encuentros sexuales, a lo largo de cuarenta años, la pareja conformada por la Gloria y El Vasco, que ahora rondan sus setenta años.

La obra es un drama romántico, atravesado por la comedia, que se interroga acerca de esos vínculos clandestinos que se sostienen en el tiempo, al calor del fervor de los primeros encuentros, y que van mutando o se van marchitando en cierta medida con el paso de los años sin poder encontrar una conclusión.

A lo largo de los encuentros en la habitación de su motel curiosamente llamado El Nido, Gloria y El Vasco comparten la cama, pero también conversan sobre los acontecimientos importantes de la vida de cada uno: el fallecimiento de alguna vecina, los dimes y diretes de la vida pueblerina, el casamiento del hijo del Vasco. Estos hechos que están tratados desde el humor van marcando la evolución del vínculo, al tiempo que la decadencia de esa habitación cada vez más desprovista de todo traza la metáfora de la languidez del deseo, de la decadencia económica del país y del cambio en las maneras de vivir y de desear. “La gente ya no se quiere como antes”, dirá el dueño del motel, marcando la mutación contemporánea del poliamor que prescinde del secreto y también, la soledad generalizada de la época, consecuente con el individualismo como paradigma de felicidad.

A falta de un presente compartido y con un futuro que se eclipsa hacia el ocaso, la pareja sólo puede evocar el pasado del flechazo en que se conocieron en el comercio del pueblo donde trabajaba Gloria, los primeros tiempos de vergüenza y culpa de ella por el adulterio, e incluso el arrepentimiento nostálgico del Vasco por no haber elegido bien a su mujer. El Vasco no pudo jugársela y se casó con la Estela, con quien tiene un hijo, mientras que Gloria, también casada, tiene tres hijos. Lo que empezó para ellos como una calentura del momento, se transformó en la manera de seguir sosteniendo el deseo, ya que ambos están atrapados en matrimonios infelices. Además, es sabido que el deseo se alimenta de lo prohibido y de la no realización. Vemos así a una pareja enredada en la ficción del deseo, sin poder trasladar su querer a un proyecto de vida real.

La dramaturgia de Verdoia lee muy bien las trampas del deseo, pero también los diferentes modos de amar del hombre y de la mujer. Mientras que para El Vasco todo se juega en la lógica fetichista de la mujer como una aparición bella, ella juega muy bien con el velo de su ropa como dimensión del secreto que es soporte del deseo de su amante por verla alguna vez desnuda.

Del lado del varón es más factible sostenerse largo tiempo en la indeterminación de la duda entre la esposa y la amante. Incluso pasar con Gloria a la dimensión de consumar el amor podría significar para él la pérdida del deseo por ella. La mujer puede encontrar en el amante un refugio para el aburrimiento del matrimonio, pero detrás de eso siempre está para ella la dimensión del amor, como bien lo establece el diálogo entre ellos: “El hombre engaña porque es hombre. La mujer engaña porque se siente sola y aburrida”, dice Gloria; “O por amor”, señala El Vasco, con cierta verdad.

Ciertas circunstancias de lo cotidiano introducen para ella la necesidad de un cambio. Gloria intenta forzar en El Vasco la respuesta a si estaría dispuesto a hacer un viaje con ella, ya no movido por el deseo carnal, sino como un acto de amor, un franqueamiento de la fantasía de una fuga, donde la elija para compartir un recorte de una posible vida juntos.

Nido de lagarto introduce también la pregunta acerca de qué queda de esos amores vividos en la clandestinidad, a falta de registro material de la cotidianeidad compartida, a través de fotografías, por ejemplo. ¿Qué tipo de trascendencia es posible para esos amores, acaso extraños, diferentes a la norma? Y en este punto, es donde la obra vira hacia una resolución melodramática donde los amantes optan por una manera de dejar la marca de aquel fuego compartido, de aquella pasión que se selló en los cuerpos como acontecimiento, al fin y al cabo. Porque de lo que no hay ninguna duda es que la Gloria y El Vasco se han deseado y se siguen deseando, y que el deseo se sostenga en el otoño de la vida, no es poca cosa, especialmente cuando abunda el querer de un amor mortificado por conveniencias, o por la costumbre, o incluso la efímera calentura de los cuerpos consumidos como mercancías, que difícilmente alcancen el estatuto de leyenda.

Todo aquello que la obra permite explorar e invita a reflexionar tiene que ver también con una puesta que acompaña muy bien desde los rubros técnicos como la escenografía, la música extradiegética y el diseño de iluminación, al servicio de crear el ambiente de intimidad, de ternura o de desencuentro que va atravesando la pareja protagónica a lo largo de cinco actos.

Nido de lagarto es una obra austera pero enorme, porque está construida sobre la riqueza y la belleza de un texto dramatúrgico que pone en el centro al deseo como pasión animal, irrefrenable; que escapa a las razones y a lo políticamente correcto y que, en consonancia con ello, se la juega por la presencia en escena de cuerpos semidesnudos que escapan a los estándares hegemónicos de belleza y de juventud de la época. Silvina Sabater y Horacio Acosta encarnan magistralmente a la Gloria y El Vasco para contar esta historia poco frecuente, y el resultado es una pieza que resulta verdaderamente conmovedora, el desenlace ideal para la trilogía animal (Late el corazón de un perro, Matar un elefante y Nido de lagarto) dentro de la lúcida dramaturgia de Franco Verdoia.

MUY BUENA

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA:

Dramaturgia: Franco Verdoia.

Actúan: Horacio Acosta, Silvina Sabater.

Diseño de escenografía: Cecilia Zuvialde.

Diseño de iluminación: Matías López Stordeur, Franco Verdoia.

Música original: Ian Shifres.

Dirección: Franco Verdoia.

TEATRO EL EXTRANJERO

Dirección: Valentín Gómez 3378, Abasto – CABA

Funciones:

  • Septiembre: domingos a las 17hs y lunes a las 20:30hs
  • Octubre: domingos a las 19:30hs y lunes a las 20:30hs
  • Noviembre: lunes a las 20:30hs

Duración: 65 minutos

Obra nominada a cinco Premios ACE 2026 en los rubros de Teatro Alternativo.


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